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RELATOS DEL BUEN MORIR

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RELATOS DEL BUEN MORIR

 “Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada produce una dulce muerte.”

 (Leonardo da Vinci)

 

Imagen de Jill Wellington en Pixabay

 

Todos tenemos que atravesar esa puerta….

Pero quizá la forma de atravesarla, pueda ofrecer diferentes posibilidades en cuanto a enfrentarse a un espacio ineludible e inevitable

Transitar la despedida de una manera consciente no debe ser tarea fácil, pero a través de experiencias que han dejado los que han realizado el tránsito de una manera diferente, podemos apreciar, la grandeza del proceso

Aquí presentamos un caso publicado de uno de esos tránsitos, en los que la cercanía a una corriente filosófica, permitió que todo fluyera de una manera mucha más serena, no por ello menos dolorosa, pero sí ausente de un grado importante de sufrimiento

 

 

 

Dorothy murió de cáncer en el hospicio St. Christopher de Londres. En vida fue una artista de talento, bordadora, historiadora del arte y guía turística, además de practicar una forma de terapia basada en los colores. Su padre había sido un conocido sanador, y ella sentía un gran respeto por todas las religiones y tradiciones espirituales. Fue hacia el final de su vida cuando descubrió el budismo y, como ella misma decía, «quedó enganchada»; según ella, había descubierto que sus enseñanzas le proporcionaban la más convincente y completa perspectiva sobre la naturaleza de la realidad. Voy a dejar que algunos de sus amigos espirituales, que la asistieron mientras moría, le cuenten con sus propias palabras cómo Dorothy se dejó ayudar por las enseñanzas en la hora de la muerte: La muerte de Dorothy fue una inspiración para todos nosotros. Murió con una gracia y una dignidad extraordinarias, y todos los que estuvimos en contacto con ella percibimos su fuerza: médicos, enfermeras, auxiliares, otros pacientes del hospicio y, sobre todo, sus amigos espirituales que tuvimos la suerte de estar a su lado durante sus últimas semanas de vida.

 Cuando visitábamos a Dorothy en su casa antes de que ingresara en el hospicio, era evidente que el cáncer se hallaba en una fase muy agresiva y que empezaban a fallarle los órganos. Llevaba más de un año tomando morfina, y a aquellas alturas ya casi no podía comer ni beber; sin embargo, no se quejaba nunca, y nadie habría imaginado que padecía considerables dolores. Había adelgazado de un modo terrible, y por momentos se la veía claramente exhausta. Pero cada vez que iban personas a visitarla, las recibía y conversaba con ellas, irradiando una energía y una alegría increíbles, siempre serena y amable. Una de sus actividades consistía en echarse en el sofá y escuchar grabaciones de las enseñanzas de Sogyal Rimpoché, y sintió mucha alegría cuando recibió unas cintas que éste le mandó desde París diciéndole que tendrían un sentido especial para ella.

 Dorothy se preparó para la muerte y se ocupó hasta del menor detalle; no quería dejar ningún asunto pendiente que hubiera de ser resuelto por otros; se pasó meses enteros organizando todos los asuntos de índole práctica. Al parecer, no tenía ningún miedo a morir, pero quería estar segura de que no dejaba nada por hacer, a fin de poder acercarse luego a la muerte sin ninguna distracción. Saber que no había causado un verdadero daño a nadie en toda su vida y que había recibido y seguido las enseñanzas le proporcionaba un gran consuelo; como ella decía: «He hecho los deberes». Cuando llegó la hora de trasladarse al hospicio y dejar definitivamente su piso, un piso en otro tiempo lleno de hermosos tesoros reunidos a lo largo de los años, sólo se llevó una bolsa pequeña y ni siquiera volvió la vista atrás. Ya había distribuido la mayor parte de sus bienes personales, pero cogió una pequeña fotografía de Rimpoché que siempre llevaba consigo y su librito de meditación. Había recogido lo esencial de su vida en aquella bolsa pequeña, y a eso lo llamaba «viajar ligera».

El momento de la partida no fue nada emotivo, casi como si saliera a hacer la compra: se limitó a decir «Adiós, piso», hizo un gesto de despedida con la mano y cruzó la puerta.

Su habitación en el hospicio se convirtió en un lugar muy especial. Siempre tenía una vela encendida en la mesita de noche, ante la fotografía de Rimpoché, y una vez, cuando alguien le preguntó si no le gustaría hablar con él, ella se limitó a sonreír, miró la fotografía y respondió: «No, no hace falta. ¡Está aquí siempre!». Solía tener muy presente la recomendación de Rimpoché de crear «el ambiente adecuado», e hizo colgar frente a la cama un hermoso cuadro de un arco iris; además, la habitación estaba siempre llena de flores que le traían sus visitantes.

Dorothy mantuvo el control de la situación hasta el último momento, y su confianza en las enseñanzas no pareció fallarle jamás, ni siquiera por un instante. ¡Daba la impresión de que era ella la que nos estaba ayudando, antes que nosotros a ella! Siempre estaba animada, confiada y llena de buen humor, y mostraba una dignidad que claramente emanaba de su valentía y su confianza en sí misma. La alegría con que nos recibía siempre nos ayudó a comprender en nuestro fuero interno que la muerte no es en modo alguno lúgubre ni terrorífica. Este fue el regalo que nos dio, y fue para nosotros un honor y un privilegio estar a su lado. Casi habíamos llegado a depender de la fuerza de Dorothy, así que fue toda una lección de humildad para nosotros descubrir que necesitaba nuestra fuerza y nuestro apoyo. Estaba resolviendo los últimos detalles del funeral cuando de pronto nos dimos cuenta de que, después de preocuparse tanto por los demás, lo que entonces necesitaba era abandonar todos esos asuntos y volver su atención hacia ella misma. Y para eso necesitaba que le diéramos nuestro permiso.

 Su muerte fue difícil y dolorosa, y se portó como un guerrero. Intentaba ocuparse de sí misma en la medida de lo posible para no dar trabajo a las enfermeras, hasta que su cuerpo se negó a seguir sosteniéndola. En cierta ocasión, cuando aún podía levantarse de la cama, una enfermera le preguntó con mucha discreción si deseaba utilizar la silleta. Dorothy se levantó laboriosamente, se echó a reír y dijo: « ¡Mire qué cuerpo!», mientras le mostraba su cuerpo reducido casi a un esqueleto. Sin embargo, precisamente porque el cuerpo estaba tan deteriorado, parecía que su espíritu resplandecía y se elevaba. Era como si reconociese que el cuerpo ya había cumplido su misión; ya no era «ella», en realidad, sino un objeto en el que ella había habitado y que ahora estaba dispuesta a abandonar. Aun con toda la luz y la alegría que la envolvían, era evidente que no le resultaba nada fácil morir; de hecho, era un trabajo muy duro. Hubo momentos sombríos y muy penosos, pero los superó con una gracia y una fortaleza extraordinarias. Tras una noche especialmente dolorosa en la que se cayó de la cama, comprendió que podía morir en cualquier momento, completamente sola, de modo que nos pidió que uno de nosotros estuviera constantemente a su lado.

 Fue entonces cuando empezamos a hacer turnos para acompañarla las veinticuatro horas. Dorothy practicaba todos los días, y su práctica preferida era la purificación de Vajrasattva. Rimpoché le recomendó que leyera ciertas enseñanzas sobre la muerte, entre las que figuraba una práctica esencial de phowa. A veces nos sentábamos juntos y le leíamos en voz alta algunos fragmentos; a veces recitábamos el mantra de Padmasambhava; a veces nos limitábamos a descansar un rato en silencio. Así se fue estableciendo un ritmo suave y relajado de práctica y reposo. De vez en cuando se quedaba traspuesta, y al despertar exclamaba: « ¡Oh, es maravilloso!».

 Cuando la veíamos más enérgica y animada, y si a ella le apetecía, le leíamos fragmentos de las enseñanzas del bardo a fin de que pudiera identificar las etapas por las que pasaría. A todos nos asombraba verla tan alegre y despierta, pero aun así quería que su práctica fuera muy sencilla, sólo la esencia. Cuando llegábamos para el «cambio de guardia», siempre nos llamaba la atención la serenidad que reinaba en el cuarto: Dorothy acostada en la cama, contemplando el espacio con los ojos muy abiertos incluso cuando dormía, mientras la persona que le hacía compañía permanecía tranquilamente sentada o recitaba mantras en voz baja.

Rimpoché solía telefonear con frecuencia para interesarse por su estado, y hablaban sin rodeos de la proximidad de la muerte. Dorothy hablaba en un tono muy prosaico, y decía cosas como: «Ya es cuestión de pocos días, Rimpoché». Un día las enfermeras le llevaron el carrito del teléfono a la habitación y le anunciaron: «Una llamada desde Amsterdam». Dorothy se animó de inmediato y se le encendió la cara de placer por la llamada de Rimpoché. Al colgar, nos miró con expresión radiante y nos explicó que Rimpoché le había dicho que ya no debía seguir concentrándose en la lectura de textos y que había llegado el momento de «reposar en la naturaleza de la mente; reposar en la luminosidad». Cuando estaba muy cerca de la muerte, Rimpoché le telefoneó por última vez, y ella nos contó que le había dicho: «No te olvides de nosotros; visítanos alguna vez».

 Una vez, cuando vino a verla el médico para comprobar cómo estaba y controlarle la medicación, Dorothy le explicó con toda sencillez y franqueza: «Mire usted, yo soy estudiante de budismo, y nosotros creemos que al morir se ven muchas luces. Me parece que estoy empezando a ver unos cuantos destellos, pero creo que aún no las veo del todo». Su lucidez y su animación tenían perplejos a los médicos, pues, según nos dijeron, en una fase tan avanzada de la enfermedad lo normal habría sido que estuviera inconsciente. A medida que se acercaba la muerte, la distinción entre día y noche se fue difuminando, y Dorothy empezó a ensimismarse cada vez más profundamente. Le cambió el color de la cara, y los momentos de conciencia se hicieron cada vez más escasos. Nos pareció que podíamos detectar los signos de la disolución de los elementos. Dorothy estaba preparada para morir, pero su cuerpo todavía no estaba dispuesto a desprenderse, porque tenía un corazón muy resistente. Así pues, cada noche se convertía en una prueba para ella, y por la mañana se sorprendía al descubrir que aún seguía con vida.

 No se quejaba nunca, pero todos nos dábamos cuenta de lo mucho que sufría, y hacíamos todo lo que estaba en nuestra mano para que se sintiera más cómoda; cuando ya no pudo tomar más líquidos, le humedecíamos los labios. Hasta las últimas treinta y seis horas, rechazó cortésmente cualquier medicación que pudiera enturbiar su percepción. Poco antes de la muerte, las enfermeras la cambiaron de postura. Estaba acurrucada en posición fetal, y aunque su cuerpo se había consumido casi por completo y no podía moverse ni hablar, todavía mantenía los ojos abiertos y vigilantes y miraba fijamente el cielo por la ventana que tenía ante la cama. Un instante antes de morir, se movió casi imperceptiblemente, miró a Debbie a los ojos y le comunicó algo con gran intensidad y esbozó la sombra de una sonrisa. Fue una mirada de reconocimiento, como si quisiera decir: «Llegó el momento». A continuación, volvió la mirada hacia el cielo, respiró un par de veces y falleció. Debbie le soltó suavemente la mano para que pudiera proseguir la disolución interior sin ser estorbada.

El personal del hospicio declaró que nunca habían visto a una persona tan bien preparada para morir como Dorothy, y un año después de su muerte aún había muchos que recordaban su presencia y su inspiración.

(extractos de Sogyal Rimpoché)

 

 

Todos tenemos la opción de elegir cómo vivir, hasta un cierto límite, ¿por qué no plantearse la opción de elegir, en la medida que está a nuestro alcance…, cómo morir…?

 

“El hombre que no percibe el drama de su propio fin no está en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en la camilla y dejarse curar.”

(Carl Gustav Jung)

 

 

 

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